Para finales de año se casa un primo. Ante esto he tomado máximas medidas precautorias por primera vez en mi vida.
Intentaré explicarme. Una de las muchas razones por las cuales no me gustan las fiestas en donde dos incautos deciden unir sus vidas y hacen además innecesarias muestras de felicidad y dicha, es la vestimenta con la que uno debe asistir a éstas celebraciones. El hecho de tener que disfrazarse de diputado nunca me ha atraído.
Creo que el trauma viene de algunos años atrás. Una compañera de la secundaria tuvo la brillante idea de festejarse sus 15 meses de abril y convocó a sus pubertos compañeras y compañeros de clase a una fiesta. Supuse y asumí que el asistir a una fiesta de esas implicaría el tener que vestirse un poco mejor que lo normal y hasta fajarse la camisa. Pero un día antes, me enteré de la mala noticia: Para poder ir a la celebración había que enfundarse en una prenda en ese entonces inexplorada para mí: un traje.
La tarde de ése día, lo consulté con mi madre y después de reprimirme por no avisar con tiempo, tuvo una solución aventurera: Pedirle prestado a un tío un traje para que su retoñito saliera del apuro. A los pocos minutos llegó el cargamento, y yo ya bañado, peinado y perfumado, abrí el portatrajes para ver el modelito que presumiría esa noche. Los dioses se confabularon una vez más para que tuviera surrealismo mi vida pues al ver la vestimenta me di cuenta que mi tío se quedó atrapado en los setentas: el traje era blanco, blanco como la inocencia de la quinceañera que me había metido en este episodio.
Mi madre solidariamente no dijo nada, creo que se enfermó por aguantarse la risa, pero en el momento no dijo nada. Y yo, un tanto confundido y con el tiempo encima, me dije: Bueno, si hay trajes oscuros no veo por qué no ha de haberlos claros. Así que me lo puse y cual John Travolta cruzado con Napoleón Dynamite me fui a la fiesta dispuesto a sacarle brillo a la pista.
Lo que siguió fue el acabóse. No me bajaban de mesero, el papá de la quinceañera estaba confundido pues no sabía que habían contratado un mago, o al menos eso pensó cuando me vio. Los músicos del guapachoso grupo seguramente admiraron mi atuendo queriéndolo copiar para sus uniformes. Mientras yo, arrinconado en alguna mesa rogaba que ya dieran las doce para que mi traje se convirtiera en otra cosa.
Afortunadamente mis otras amigas de generación renunciaron a esa extraña costumbre de festejarse el arribo de la edad de las ilusiones. Por lo que prescindí de ese tipo de atuendos. Hasta que llegó la hora de graduarse de la secundaria, en donde también, existe la mala práctica de enfiestarse disfrazados de políticos. Entonces sí, obligué a mis padres a que le retribuyeran a su hijo algo de su honor perdido y adquirir un traje de la época vigente y de color serio y sobrio.
Ése día hasta estuve a punto de bailar con todas las Lupitas de la ciudad. (Digo que "estuve a punto" pues yo soy un caballero y por lo tanto, no bailo)
El inexorable tiempo pasó y llegó la hora de que mis amigas y amigos decidieran seguir su ley de vida y casarse. Así pues, arribó el período de las fiestas trajeadas. Para la primera boda ingenuamente sentí que el tiempo me hacía los mandados y me probé mi viejo traje de secundaria. Fue como si el Secretario de Hacienda se pusiera el traje de su jefe. Las mangas me quedaban en una vanguardista medida de tres cuartos.
Evidentemente para ese entonces si quería hacerme de ajuares y lujos exóticos estos ya corrían por mi cuenta. Y con todo el dolor de mi corazón, yo, que prefiero gastar mis centavos en libros o discos, menos en la estorbosa ropa, tuve que pellizcar mi presupuesto para comprar un traje.
El cual usé en todas las bodas posibles, y para no salir igual en las fotografías, cambiaba las corbatas de caprichosos diseños.
Es por eso que para estos días, que se casa mi primo, estoy rezándole a los dioses para que no haya cambiado mucho mi arrebatadora fisonomía y aún tenga vida útil el traje que, si todo marcha en orden, usaré para las graduaciones de los hijos de mis amigos.